"Jardín” ¿ALBROOK?
por ARISTIDES UREÑA RAMOS
Junio del 2020
Hace tres años, en mis caminatas
matutinas, en un sendero que, a manera de calle secundaria, sentía dentro de mí,
aquellos recuerdos de las memorias, de los vestigios de lo que fue la presencia
militar; en este Albrook de la ex zona canalera ocupada por la presencia
americana.
Quien ha tenido la dicha de pasar
por los lares de le caótica construcción de la Embajada Rusa y el colegio Saint
Mary’s, sabrá de lo que aquí describo.
Es bonito caminar por estas
calles, sumergidos bajo las sombras de las cúpulas de los arbustos que se
abrazaban entre ellos, formando un arco suspendido sobre la carretera… Es un
gusto atravesar por ese túnel que la caprichosa naturaleza había creado y que cumplía
con una importante tarea: Ser el sendero seguro para que los pequeños animales
pudieran cruzar de un lado al otro, pues las inteligentes soluciones que la
naturaleza nos propone son siempre funcionales a una integración por la
convivencia mutua… tocando -muchas veces- la genialidad.
Vi, poco a poco, que iniciaron a
construir unas aceras para que los peatones pudieran transitar sin peligro, ni
pasar por el senderito de tierra, que se había formado a manera de cuneta al
lado de la carretera… que para la temporada lluviosa se convertía en fango. Y
pasaron a construir las benditas aceras.
No soy ingeniero, no soy
arquitecto, pero a cualquier atento observador es de inmediata comprensión que
“echar cemento por echar, no es buena cosa”. ¡Cáspita! no tenemos que pedir un
gusto estético, pero sí un análisis del lugar donde vamos a intervenir; se necesita
de una proyección estudiada sobre ese determinado lugar. Eso es lo que nos
dicta el buen sentido de cada cosa.
La semana pasada, salí tempranito
(en mis horas de salida y en los días que nos han asignado) y encontré este
árbol caído a las orillas de la carretera. No ha pasado ni un año de la
construcción de las aceras.

La indiferencia es el peor de los
males, que derrumba silenciosamente la moralidad y los valores de las personas;
porque nos vacía poco a poco, muy dentro de nuestro ser. Esta ciudad que
pretendía ser un JARDíN (así nos fue vendida y así aceptamos que tenía que ser),
poco a poco va perdiendo su razón de ser… contagiada de un mal que va
silenciosamente desapareciendo, un árbol, otro árbol, una flor silvestre a la
vez, sin retorno alguno.
Metro a metro de jardines, de
foresta única en el mundo, cada vereda dejada al albedrío cloroformizado
personal y de regla gubernamental. Una incomprensible dejadez por encaminarnos
por la apatía a la herencia más grande que individuo humano haya recibido.
Sobre todo, perdemos cada vez
más, la oportunidad de educar a nuestros hijos bajo una nueva manera de vivir
en plena armonía con nuestro hábitat natural. Y esto es lo que me motiva a
escribir este texto, porque quien vive en Albrook, vive en un MUSEO ÚNICO EN
BIODIVERSIDAD… no podemos enseñar a nuestros hijos a destruir o quedarse
callados frente a la destrucción de las maravillas de piezas únicas de nuestro
ecosistema. Un Museo sirve para preservar la memoria que construye una nación,
es el cimiento donde se concretiza su existencia. Esa memoria es histórica,
cultural y de su ecosistema.
Dicen que “no hay mal que por
bien no venga” … en este periodo de limitaciones por el coronavirus, al que ha
podido aventurarse entre las veredas de Albrook, ha notado que los gatosolos,
los ñeques, los tucanes y otros, se han acercado más a nuestras habitaciones a
pesar de que los mangos tardaron en dar frutos. Tuvimos un maravilloso mayo de
florecimiento de las orquídeas. Las iguanas y los monos perezosos se atreven a
solidarizar con nosotros.
La naturaleza siempre ha ido más
allá de nuestra imaginación - se lo dice uno que con la estética y la creación lo
tiene por credo diario – y la belleza está en la manera de cómo la percibimos y
cómo estamos acostumbrados a observarla. Y Albrook es (todavía) belleza pura
natural, que armoniza “al golpe de una primera mirada” con una preciosidad
única. La condición es que, dentro de su corazón exista la comprensión del
respeto de todos los seres vivientes de la naturaleza y el valor universal al
ecosistema. En este sentido, la defensa de nuestra biodiversidad.
Ese árbol caído en la acera paga
una culpa que no ha sido merecida, mas es el fruto de la ineptitud de muchos,
es el fruto de una cultura coronada por insensibilidades hacia la naturaleza… que
ha dejado estragos en el caótico desarrollo urbanístico de la ciudad de Panamá.
Albrook no es Betania o San Francisco, barrios que fueron tragados por el
cemento, en territorios sacrificados por la indiferencia de sus habitantes.
Albrook no puede ser abandonado a la especulación urbanística, a esa visión
miope que quiere un “todo uniformado a un solo vacío sentir”, porque
despersonaliza el vivir de sus habitantes, desorienta las metas y no dignifican
a nuestro territorio. Y en esta lucha somos muchos los que recuperamos metro a
metro, planta a planta estos eco- espacios de biodiversidad.